Mons. José Rafael Quirós
Arzobispo de San José

Pronunciado en la eucaristía del 1º de mayo de 2017, en la Catedral Metropolitana.

Excelentísimo Señor don Luis Guillermo Solís Rivera, Presidente de la República; señora doña Mercedes Peñas, Primera Dama, Pbro. Daniel Francisco Blanco y Pbro. Roberto Salazar, Vicarios Generales; Pbro. David Solano, Delegado Episcopal de Pastoral Social, señoras y señores Ministros de Estado;  señoras y señores dirigentes de las organizaciones de trabajadores, señores empresarios y empresarias, queridos agricultores, sacerdotes concelebrantes; miembros de las pastorales sociales parroquiales, trabajadoras  y trabajadores todos, hermanas y hermanos aquí presentes y quienes se unen a nosotros por la transmisión de Radio Fides, Radio Nacional, canal 13 y  a través de nuestro canal católico San José TV– Canal 48.

La Pascua es un tiempo litúrgico que fortalece nuestra fe en Cristo Resucitado, que convierte la tristeza en alegría y el temor en valentía,  que hace brillar la luz del amor desplazando la oscuridad del odio,  y rompe las cadenas de la muerte para proclamar la vida plena.

El Señor Resucitado es la fuerza transformadora que permite que el bien  venza al mal y que, entre todos, aun con  diferentes formas  de pensar, construyamos la fraternidad en aras del bien común y la solidaridad.

En la primera lectura proclamada, el Apóstol San Pablo exhorta a los Colosenses a tener “por encima de todo, el amor, que es el ceñidor de la unidad consumada”. De manera que, “la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón; a ella habéis sido convocados, en un solo cuerpo” (Cfr. Col 3,14-15.17).

Ciertamente, por Cristo Resucitado  tenemos acceso a la comunión perfecta  con Dios Uno y Trino. Al reconocer esta verdad, concluiremos que no será posible la comunión en la humanidad si no es  en y por Cristo.

Desde un enfoque, estrictamente, humano se podrán realizar muchos esfuerzos a favor de la unidad, pero sin el Señor, en el camino serán muchos los que desistan por atender a sus propios intereses y, de nuevo, se manifestará el egoísmo. Cristo anhela la unidad del género humano: “Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros.” (Cf. Juan 17,21)

Mientras el mundo estimula la autonomía, el egoísmo y la indiferencia, Cristo nos da testimonio de una vida en comunión y en apertura. Como enseña el Papa Francisco, debemos dejarnos inspirar por “el amor del Señor“, para “alzarnos por encima de las incomprensiones del pasado, de los cálculos del presente y de los temores del futuro“.[1] Ya que hemos sido creados a imagen de Dios, es natural que nuestro amor y nuestro deseo de unidad sea reflejo de El mismo.

La memoria litúrgica de San José Obrero en este tiempo de Pascua,  nos motiva a encontrarnos aquí, en la Catedral Metropolitana, hoy 1° de mayo, fecha en que también celebramos el Día Internacional del Trabajo,  para dar gracias a Dios por lo que nos ha permitido vivir como creyentes en los días Santos recién pasados, y  para reconocer con gozo,   todos los avances que se han dado en la legislación y el quehacer laboral de nuestro país.

La Iglesia pone de relieve su condición de Obrero pues con su vida de virtud, laborando arduamente, contribuyó a santificar el trabajo de tantos que, de forma  justa y honesta, se ganan el sustento y “gracias a su banco de trabajo sobre el que ejercía su profesión con Jesús, José acercó el trabajo humano al misterio de la redención.”[2]

Damos gracias a Dios por tantas personas entregadas a sus trabajos, conscientes del derecho a la vida y a la subsistencia. Que el “santo carpintero” interceda ante el Señor por quienes no tienen un trabajo digno y  por quienes luchan por mejores condiciones laborales que garanticen el seguir transitando por los caminos de la justicia, la solidaridad y el diálogo.

En estos momentos decisivos para el país, en muchos aspectos de la vida nacional, la figura de San José Obrero nos ayuda también, a colocarnos ante esta realidad como creyentes. José fue el hombre justo, es decir el hombre bueno que se dejó conducir por los mandatos del Señor. En medio de las  dificultades escuchó a Dios y  así iluminó su vida y su hogar, participando a su Hijo  de aquellos elementos de la fe de Israel, tarea catequética que hoy también corresponde por derecho a todos los padres de familia.

Papás y mamás, por derecho natural, a ustedes atañe transmitir los valores permanentes de orden moral que llevarán a sus hijos a ser mejores personas. Nadie puede inhibir su derecho a objetar  lo que el papa Francisco denomina la “maldad” del adoctrinamiento, sobre todo,  de los niños en las escuelas para cambiar su mentalidad, en una gradual  pero eficaz “colonización ideológica”[3].

Todos como sociedad, tenemos también la responsabilidad de que a los niños y jóvenes se les guíe en esta materia, por caminos que correspondan a la verdad objetiva de la naturaleza. Esta enseñanza no responde solo a un asunto meramente religioso, sino a la más genuina antropología.

En orden a  la situación social que vivimos a nivel mundial, y también como país, quiero reflexionar sobre aspectos, que nos corresponde asumir como creyentes, partiendo de la fraternidad como exigencia, en aras del bien común y la solidaridad,  al mejor estilo de la primera comunidad cristiana donde “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común; vendían sus posesiones y sus bienes y repartían el precio entre todos, según la necesidad de cada uno” (Cfr. Hch. 2,44-45).

Creyentes o no, el bien común y la solidaridad es una tarea que toca a todos, dado que estamos llamados a responder a las profundas necesidades del ser humano y, en particular, a los que habitan en el territorio patrio. Es urgente sentirnos involucrados en la búsqueda del bien común, que se coloca por encima del bien particular.

Al formar parte de una sociedad mayoritariamente creyente, que vio en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia un ideario por alcanzar,  les invito a seguir transitando por esos senderos, a fin de fortalecer una institución como la Caja Costarricense del Seguro Social, patrimonio nacional de bien común y manifestación de solidaridad social. Su 75 aniversario de fundación, ha de motivar a todos pero, especialmente, a quienes tienen poder de decisión, a poner  total empeño en el verdadero diálogo, para rescatar, sanear, y fortalecer el fondo de Invalidez, Vejez y Muerte (IVM).

Desde mi condición de Pastor,  deseo compartirles algunas reflexiones que  pretenden  motivar una búsqueda y un diálogo común.

Ante la situación actual del IVM, hay preguntas: ¿Quién o quiénes son los responsables de la misma? ¿Qué provocó todo esto?  De haber responsables, ¿se han sentado responsabilidades? ¿Qué se está haciendo? ¿Cómo se puede resolver la crisis financiera actual? ¿Ese 1% de aumento, será objeto de discusión? Hay quiénes se preguntan, ¿No hará falta un cambio de mando en la conducción del sistema?

Todo lo actuado hasta el momento en esta materia, debe ser examinado y evaluado responsable y objetivamente.

Por la importancia del tema que incumbe a todos, es necesario cuestionar si en esa mesa de diálogo debería haber representación de los trabajadores agrícolas que no están asociados a las organizaciones sindicales, solidaristas y cooperativistas. ¿Cómo lograr la representación de los asegurados por cuenta propia? ¿Se harán amplias consultas a los sectores de la sociedad civil no representados en la mesa de diálogo? Asimismo, ¿cómo asegurar equidad en la toma de decisiones al interior de la mesa? Son cuestiones que considero válidas y merecen una respuesta. Sin dejar de lado, la revisión y hasta  el replanteamiento de las fuertes inversiones como las que se harán ante la imposición de la FIV.

Debemos apostar por un diálogo sincero, transparente y sin condicionamientos previos, del que esperamos soluciones patrióticas que favorezcan el bien común. Tal como sucedió con la Ley de la Reforma Procesal Laboral, que entrará en vigencia el 25 de julio próximo, que es respuesta para agilizar y poner en práctica la justicia laboral, de donde salen beneficiados tanto los trabajadores como los empresarios.

Otro tema fundamental se refiere a la seguridad alimentaria y nutricional. El bienestar de toda la población, pasa, en primer lugar, por la seguridad alimentaria y nutricional, es decir, por la capacidad del país para garantizar que todos los habitantes tengan acceso a una alimentación saludable y nutritiva.

Que en nuestro suelo patrio se den casos de personas en situación de subalimentación, es decir, con algún grado de hambre, es escandaloso y, más aún, doloroso e indignante. Es una clara manifestación que un sector importante de hermanos nuestros, ve irrespetado su derecho a la alimentación. Esta realidad refleja una de las llagas más dolorosas de un modelo de desarrollo insolidario y desigual.

Por tal motivo, la Conferencia Episcopal de Costa Rica ha visto como muy positivo que un grupo de diputados y diputadas haya presentado el anteproyecto de “Ley Marco del Derecho Humano a la Alimentación y de la Seguridad Alimentaria y Nutricional”.  Por ello “Esperamos que las señoras y señores diputados de la Asamblea Legislativa lleguen pronto a un consenso para convertir este expediente en una Ley de la República, que dote al país de un instrumento jurídico de alto rango que permita a la institucionalidad implicada en la Seguridad Alimentaria y Nutricional, por fin, determinar la erradicación del hambre de nuestro suelo”. Por estas razones, animo a las organizaciones de trabajadoras y trabajadores a incentivar a las señoras diputadas y señores diputados para que lo más pronto posible nos brinden esta nueva ley.

Emparentado con el tema de la seguridad alimentaria y nutricional, está el de la consolidación de la economía social y solidaria, es decir, de aquel tipo de actividad económica –ya sea financiera, productiva, de servicios o comercial– que pone como centro al ser humano, y que se rige por los principios de solidaridad y de búsqueda del bien común. Es el tipo de actividad económica que no solamente genera con justicia y equidad el bien de sus emprendedores, sino que se compromete con el desarrollo humano integral y solidario de toda la población, mediante un compromiso con la responsabilidad social y ambiental, generando encadenamientos económicos sectoriales, que dinamizan a los más vulnerables de los sectores productivos.

Es constatable que el sector privado y el sector público no han logrado por años generar fuentes de empleo que logren reducir la cifra en torno al 10% del desempleo. Tampoco se ha logrado una radical disminución en las condiciones de trabajo informal, que castiga a un importante sector poblacional en nuestro país, aunque me alegra que recientemente hubo una disminución en este campo. Se trata de personas que, en general, no acceden al salario mínimo, y que no ven respetados otros irrenunciables derechos laborales. De ahí que nuestra esperanza se cifra en la economía social solidaria, donde todos nos preocupemos “por la relación entre la economía y la justicia social, manteniendo al centro la dignidad y el valor de las personas”.[4]

Por ese motivo invitamos al vigoroso sector del cooperativismo, en el que milita casi la cuarta parte de nuestra población, así como al de los cientos de miles de trabajadores agrupados en torno al solidarismo y a las asociaciones de productores y comunales, a incrementar sus esfuerzos por fortalecer la economía movida por la fuerza de la solidaridad, y, creativamente, definir una explícita estrategia para la generación de empleo digno.

También los sindicatos están contemplados en las nuevas tendencias de la economía social solidaria como uno de los sectores que pueden engrosar este sector de la economía. Asimismo, invitamos al sector empresarial a orientar parte de su inversión a crear empresas sociales sin fines de lucro, para contribuir a la reducción del desempleo.

Apreciamos los esfuerzos del Banco Popular y de Desarrollo Comunal, por volcar parte de sus energías al apoyo y fortalecimiento de esta ecomonía.

A todos los queridos trabajadores y trabajadoras del campo y la ciudad, gracias por la tarea cotidiana a favor del bien común y el progreso de nuestro bello país.

Gracias a los miembros de la Vida Consagrada y secular que ven en el trabajo a favor del enfermo, el adulto mayor, el niño desprotegido y otros, el rostro de Cristo vivo.

Gracias a los trabajadores en el campo científico, de las artes, la cultura, la educación, el transporte público y otras tareas productivas en procura de un país mejor. Un abrazo de felicitación en este día.

Que la potencia de  Cristo Resucitado nos impulse a todos a ser artífices de una nación más solidaria y fraterna.

Invoco la intercesión de san José Obrero, para que la paz social, el diálogo y la búsqueda del bien común sean el camino de entendimiento y solidaridad de todos los costarricenses que amamos la Patria.

San José Obrero, ruega por nosotros.

ASÍ SEA.

[1] Papa Francisco, Georgia, 30 setiembre 2016

[2] Juan Pablo II, Redemptoris Custos 15 de agosto de 1989

[3] Papa Francisco, Filipinas, 19 de enero del 2015

[4] Papa Francisco, Encuentro de Cooperativas, 12 de setiembre del 2015